A las seis de la mañana el sol ya caía con fuerza sobre la estepa de Kirguistán. El canto de las aves anunciaba un día que despertaba deprisa, así que decidí salir a pajarear por los páramos que rodeaban nuestro alojamiento, cerca de la localidad de Bokonbayevo y del inmenso lago Issyk-Kul. A un lado se alzaban las cumbres todavía nevadas de la cordillera Terskey Alatau, las «montañas sombrías» o montañas que dan la espalda al sol; al otro, una sucesión de lomas desnudas y erosionadas se desdibujaba en el horizonte. Solo por contemplar aquel paisaje sentí que ya había merecido la pena emprender la caminata.
Fue entonces cuando un pequeño cementerio rural,
aparentemente abandonado, atrajo mis pasos. Era un lugar de contrastes: un
camposanto musulmán donde la simbología soviética convivía con frescos que
representaban escenas de caza, cetrería, ciervos y águilas, como si la memoria
de los difuntos quisiera permanecer ligada a la vida que habían conocido. Entre
los enterramientos, algunos gorriones molineros, gorriones chillones, collalbas
isabelinas y alondras comunes encontraban refugio y tranquilidad. Mientras los
observaba, tuve la sensación de que aquel rincón perdido, más que un lugar de
ausencia, era un discreto punto de encuentro entre la historia, el paisaje y la
vida que seguía abriéndose paso cada mañana.