Al llegar al Pantano del Vicario en Peralvillo (Miguelturra), el que era mi destino, las ramas de los árboles se quebraban a mi paso por el fuerte viento. Decenas de aves permanecían ocultas entre la maleza (si se amplía la fotografía se puede distinguir un grupo de espátulas y un flamenco además de decenas de otras muchas aves). Por lo que debido a estas inclemencias, mi paseo, apenas si duró cien metros y en buena hora decidí volver.
Algo más tarde, Ciudad Real se cubrió de negro, un incendio se había producido en las cercanías de la ciudad. El humo se mezclaba con el polvo, lo que desembocó en un ambiente irrespirable. El fuego se propagó a gran velocidad beneficiado por el fuerte viento. Varias fueron las carreteras cortadas, entre ellas la que yo había tomado horas antes. Según he podido leer en la prensa de hoy, ocho han sido los ingresados en el hospital por problemas respiratorios y aún se cuantifican lo daños materiales.
Decenas de incendios asolan en estas fechas nuestros campos. La mayoría de ellos surgen por descuidos. Otros por odios injustificables o por intereses ocultos. Difícil de cuantificar los daños materiales, ambientales o como en el caso del incendio de Tarragona, lamentando incluso la pérdida de vidas humanas.