Hace ya años que visité la capital de México, pero todavía recuerdo con claridad aquella primera llegada, un tanto caótica y abrumadora. Las calles atestadas de gente, el tráfico constante y aquella sucesión interminable de barrios y más barrios de casitas humildes daban la sensación de estar ante una ciudad sin límites, extendida hasta donde alcanzaba la vista. Recorrimos a pie el Zócalo y algunas de sus principales avenidas, quizá con una confianza excesiva y sin tomar demasiadas precauciones respecto a nuestra seguridad, a pesar de las advertencias que recibíamos una y otra vez de las personas con las que nos cruzábamos. Aquella mezcla de bullicio, movimiento y contrastes fue, sin duda, una de las primeras impresiones que me dejó México DF.
Sin embargo, fue el centro histórico el que
consiguió hacerme sentir un poco en casa. Entre sus plazas, iglesias, edificios
y calles se hacía muy presente el legado español, reconocible en cada rincón y
entremezclado con las huellas de una historia mucho más antigua. Pasear por El
Zócalo, contemplar la Catedral y perderse por las calles del centro era
descubrir una ciudad en la que distintas épocas parecían convivir a cada paso.
Quizá fue precisamente esa familiaridad, unida a la enorme personalidad de la
ciudad, la que hizo que aquel primer desconcierto inicial acabara
transformándose en curiosidad y fascinació
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