Llegar al altiplano del lago Song Kol fue una experiencia inolvidable. Accedimos por el paso occidental, ascendiendo bajo un intenso aguacero por una pista de tierra que serpenteaba en interminables zigzags hasta el mirador de Moldo-Ashuu, situado a más de 3.000 metros de altitud. Al superar el puerto, el paisaje se abrió de repente mostrando la inmensidad de uno de los rincones más emblemáticos de Kirguistán. Nuestro campo de yurtas, instalado a escasos metros de la orilla del lago, nos permitió sumergirnos de lleno en un entorno donde la naturaleza conserva intacto su carácter salvaje.
En Song Kol no hay árboles que rompan el
horizonte. Una inmensa pradera alpina se extiende hasta perderse de vista,
salpicada en verano por delicadas flores de edelweiss y recorrida por rebaños
de vacas y caballos que pastan libremente. Al fondo, como silenciosos
guardianes del altiplano, se alzan las grandes montañas cubiertas de nieve de
la cordillera de Tian Shan, alimentando con su deshielo los verdes
pastos que dan vida a este singular ecosistema. Es un paisaje de una belleza
serena y casi infinita, donde el cielo, el agua y la montaña parecen fundirse
en un mismo escenario.