sábado, 29 de agosto de 2026

Suzhou (China).

No tuvimos en ningún momento la sensación de que la ciudad terminara durante nuestro desplazamiento en autobús desde Shanghái hasta la pintoresca Suzhou. Los gigantescos rascacielos de cristal brotaban aquí y allá entre los campos, aparentemente sin un orden urbanístico reconocible, en una sucesión interminable de nuevas construcciones que parecía prolongar indefinidamente la gran metrópoli china. El contraste resultaba sorprendente al llegar a Suzhou y adentrarnos en su pequeño centro histórico, donde los coloridos canales, los puentes de piedra y las casas tradicionales componían una imagen mucho más íntima y evocadora.

Durante nuestra visita conocimos también la Colina del Tigre, coronada por su célebre pagoda inclinada, y uno de los tradicionales jardines de Suzhou, una de esas pequeñas obras maestras de la arquitectura paisajística china que forman parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Pero bastaba alejarse unos pocos metros del núcleo histórico para que apareciera la otra Suzhou: una gigantesca macrourbe de más de doce millones de habitantes, con avenidas, bloques residenciales y modernos edificios extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Dos ciudades aparentemente muy distintas convivían así en un mismo espacio: la Suzhou de los canales y los jardines y la inmensa urbe que representa la vertiginosa transformación de la China contemporánea.

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