El Parque Forestal Nacional de Zhangjiajie parece pertenecer a otro mundo. Una sucesión casi interminable de crestas y pilares de roca se alza entre la niebla, cubiertos de una exuberante vegetación que se aferra a cada rincón de la montaña. Cuando las nubes se abren y vuelven a cerrarse sobre el paisaje, las siluetas aparecen y desaparecen como si se tratara de un escenario irreal, un territorio remoto y primigenio que durante mucho tiempo permaneció casi ajeno a nuestra mirada y que el cine se encargó de convertir en uno de los paisajes más reconocibles del planeta.
No es difícil entender por qué estas montañas
sirvieron de inspiración para el mundo de Avatar. Mientras recorría sus
senderos, entre la bruma y aquellas enormes columnas de piedra suspendidas
sobre el bosque, tuve por momentos la sensación de estar dentro de la propia
película. Solo faltaba que, en cualquier instante, Jake Sully apareciera
sobre el gran ikran, cruzando silenciosamente el cielo entre las agujas
de roca. Un paisaje tan extraordinario que, por unos minutos, hace que la
frontera entre la realidad y la fantasía parezca desvanecerse.
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