En el altiplano del lago Song Kol, en las montañas de Kirguistán, el busardo moro (Buteo rufinus rufinus) se enfrenta a un paisaje sin árboles, sin postes y sin ninguna de las habituales atalayas desde las que un rapaz puede dominar su territorio. Aquí, sobre una inmensa pradera cubierta de edelweiss, el horizonte se pierde entre las montañas y el cielo parece no tener límites. En este vasto océano de hierba, el busardo debe recurrir al propio terreno —una roca, una pequeña elevación, cualquier punto que le permita ganar unos centímetros sobre la pradera.