Nuestros pasos perdidos por los hutongs de Pekín, bajo una mañana de lluvia persistente, acabaron llevándonos hasta el Templo de Confucio, donde encontramos refugio y, casi por casualidad, una de esas historias que convierten un lugar en algo más que piedra y arquitectura. Entre los jardines del templo crece el célebre ciprés Chujianbai, conocido como el ciprés que toca la maldad. La tradición cuenta que, durante la dinastía Ming, el emperador Jiajing visitó el templo y, al pasar bajo las ramas del viejo árbol, su sombrero ceremonial fue rozado por ellas. El emperador interpretó aquel gesto como una señal de que el ciprés había reconocido y tocado su maldad, y desde entonces el árbol quedó asociado a la capacidad de distinguir la virtud de la corrupción.
Así, refugiado de la lluvia entre los patios del
templo, me encontré frente a un árbol que parecía guardar muchos más siglos de
historias que de hojas. Su leyenda habla de una mirada invisible capaz de
atravesar las apariencias y descubrir lo que cada persona lleva dentro. En los
viajes, a veces, perderse es la mejor forma de tropezar con una historia que de
otro modo habría pasado inadvertida.
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