Quitar la libertad a un animal y recluirlo de por vida en un zoológico ha de convertirse en el último recurso. Insistimos en que los animales salvajes deben sobrevivir en su propio hábitat natural. Pero el encierro, de cualquier ser vivo con capacidad de sentir dolor, bienestar, o privación, debe respetar y satisfacer sus necesidades básicas, las determinadas por las características de la especie a la que pertenece, y las que dictan sus instintos naturales.
Los zoos tienen que desempeñar, sobre todo, un claro papel a favor de un cambio radical en nuestra conciencia, en las creencias y en los valores dominantes en nuestra sociedad de consumo, que orientan nuestras vidas cotidianas a considerar a los animales como objetos, cuya existencia sólo tiene valor si es al servicio de intereses exclusivamente humanos.
Cada vez más, aumenta el número de detractores de los zoológicos. José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998, ha manifestado recientemente, que: “Si yo pudiera, cerraría todos los zoológicos del mundo. Si yo pudiera, prohibiría la utilización de animales en los espectáculos de circo.” En relación a Susi, la elefanta moribunda y enferma del zoo de Barcelona que muere de tristeza y depresión, ante la risa o pasividad de miles de visitantes.
Denunciemos el maltrato animal...