Sobre las peladas colinas de pizarra negra, unos cuantos ancianos toman los últimos rayos de sol de un rojizo atardecer otoñal. Permanecen allí largo rato, en silencio. Una enlutada octogenaria pasa delante de ellos con unos cuantos leños secos para la lumbre del día siguiente. Lejos quedaron los tiempos en los que en estos pueblos fronterizos bullía la vida. Ahora, las ennegrecidas piedras de los antiguos castillos y con ellas su historia, se desparraman por la ladera. Mientras, los ancianos, los únicos habitantes del lugar, se sientan cada tarde al calor del sol y esperan allí, sin decir nada…
Hasta el Duero se desliza callado, silencioso entre los viñedos que han dado fama y renombre a esta preciosa región portuguesa. La pámpana luce enrojecida ya en el mes de octubre, resaltando sobre la tierra desnuda. Aquí y allá tabernas de otro tiempo donde se bebe el vino del lugar, y se habla sólo de todos aquellos que se fueron lejos, buscando quizá, una vida diferente.