lunes, 3 de agosto de 2026

Los gorriones chillones del cementerio de Bokonbayevo en Kirguistán.


Poco antes de las siete de la mañana, pajareaba en el antiguo cementerio de Bokonbayevo en Kirguistán. En el aire fresco de la mañana, las lápidas y mausoleos abandonados proyectaban sombras aún alargadas sobre la hierba, mientras el silencio del lugar solo era interrumpido por el incesante reclamo de varios gorriones chillones (Petronia petronia), que se movían con confianza entre los viejos enterramientos. Su presencia aportaba una inesperada sensación de vida a un espacio marcado por el paso del tiempo y el abandono.

Este pequeño paseriforme, habitual en ambientes abiertos y secos de Europa, el norte de África y gran parte de Asia, encuentra refugio tanto en afloramientos rocosos como en construcciones humanas. En Bokonbayevo, las grietas y huecos de los antiguos monumentos funerarios ofrecen posaderos y lugares de nidificación ideales. El contraste entre el bullicio de estas aves y la quietud del viejo cementerio resume a la perfección cómo la naturaleza termina por reclamar incluso los lugares que el ser humano ha dejado atrás.

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