El gorrión alpino (Montifringilla nivalis tianshanica) fue una de las aves más habituales durante nuestra estancia en el campo de yurtas de Tash Rabat, en las montañas de Kirguistán. Varias parejas recorrían incansablemente los establos en busca de alimento, aprovechando la actividad humana y la presencia del ganado para encontrar insectos y otros pequeños invertebrados con los que alimentar a sus pollos. En julio, el verano kirguís apenas acaba de comenzar; es una primavera tardía y fugaz que obliga a las aves de alta montaña a concentrar en pocas semanas todo el proceso reproductor.
El paisaje que rodea Tash Rabat parece
hecho a la medida del gorrión alpino: cumbres todavía cubiertas de
nieve, extensos prados de un verde intenso permanentemente regados por el
deshielo y un aire limpio y fresco incluso en pleno verano. En este entorno,
donde la vida despierta de forma explosiva tras un largo invierno, la especie
encuentra las condiciones ideales para criar. Fotografiarla en plena actividad,
entre los establos y las montañas nevadas del fondo, fue una magnífica muestra
de la estrecha relación entre la fauna de alta montaña y un paisaje tan bello
como efímero.
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