Montevideo puede dar la impresión de ser una ciudad tranquila hasta el exceso, donde el ritmo pausado se mezcla con una paleta de colores apagados. Sus calles anchas y relativamente vacías, sobre todo fuera del centro, transmiten cierta monotonía que hace que el día a día avance sin demasiado sobresalto. La arquitectura, en muchos barrios, refleja un tono grisáceo que refuerza esa sensación de calma casi estática, como si la ciudad se tomara un respiro permanente.
Sin embargo, esa misma quietud es parte de su identidad: una urbe que no compite por llamar la atención, que invita más a la contemplación que al vértigo. A pesar de su aire un tanto aburrido, Montevideo guarda pequeños rincones donde el mate, la rambla y la vida cotidiana construyen una belleza discreta. Es una ciudad que no deslumbra de inmediato, pero cuya serenidad puede convertirse en un refugio para quienes buscan un ritmo menos frenético.
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