El pechiazul (Luscinia svecica) es una de esas aves que convierten cualquier jornada de campo en un recuerdo imborrable, con su carácter inquieto y ese destello azul en el pecho que parece surgir por sorpresa entre la vegetación. Salí en mi paseo ornitológico con la mirada puesta en la agachadiza chica, atento a cada movimiento en las orillas, sin imaginar que la verdadera sorpresa del día vendría en forma de varios pechiazules, apareciendo uno tras otro, reclamando su protagonismo en un escenario totalmente inesperado.
Resultó aún más llamativo encontrarlos en el
contaminado río Guadalmedina, en pleno centro de la ciudad de Málaga,
un entorno dominado por el asfalto, el ruido y la actividad humana. Allí, entre
cañas y restos arrastrados por el agua, estos pequeños viajeros demostraban una
vez más su increíble capacidad de adaptación, ofreciendo un contraste tan bello
como revelador. Fue un momento de asombro y reflexión, una prueba de que
incluso en los lugares más castigados, la vida silvestre sigue abriéndose paso
y regalándonos instantes únicos.
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