Ho Chi Minh, la antigua Saigón, fue la primera parada de mi viaje por Vietnam y el impacto fue inmediato. El calor y la humedad resultaban casi asfixiantes, mientras la ciudad vibraba bajo un ruido constante dominado por el incesante ir y venir de miles de motos que parecían no detenerse nunca. Cruzar una calle se convertía en un acto de fe, y el aire denso, cargado de humo y vida, acompañaba cada paso por una urbe que no concede tregua al viajero.
La sensación era la de un país que había abrazado el capitalismo de forma abrupta y sin transición. Rascacielos modernos brotaban como setas entre edificios más antiguos, centros comerciales relucientes convivían con mercados callejeros y la ciudad parecía crecer hacia arriba a una velocidad vertiginosa. Ho Chi Minh mostraba así un contraste permanente entre pasado y presente, tradición y modernidad, dejando claro desde el primer momento que Vietnam había entrado con fuerza en una nueva etapa de su historia.
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