La primera vez que visito Venecia, en Italia.
La ciudad nos recibe envuelta en una espesa niebla que parece surgir
directamente de la laguna. Día frío y gris, de esos en los que el cielo y el
agua casi se confunden, pero ni el clima ni la bruma logran apagar el encanto
del lugar. A medida que avanzábamos por sus canales y callejuelas, las siluetas
de palacios y puentes aparecen y desaparecen entre la neblina, como si la
ciudad quisiera revelarse poco a poco.
Incluso quienes ya conocían la capital del Véneto
estaban sorprendidos como la niebla transformaba cada rincón, suavizando las
fachadas y envolviendo las cúpulas y campanarios en un aire misterioso que
hacía que Venecia pareciera aún más bella. Semioculta entre brumas, la
ciudad ofrece una imagen distinta, casi irreal, como si durante unas horas
hubiera decidido mostrarse bajo un velo que realzaba todavía más su magia.
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