El cenote de Ik Kil, en México, fue
uno de esos lugares donde el viaje se vuelve experiencia física. Descender
hasta su interior, rodeado de paredes cubiertas de vegetación y lianas que caen
desde lo alto, ya imponía respeto, pero nada se comparó con la sensación de
sumergirme en sus aguas frescas y transparentes, un alivio inmediato frente al
calor sofocante de Yucatán. Mientras nadaba, el eco del agua y la luz
filtrándose desde la abertura superior creaban una atmósfera casi irreal,
recordándome que los cenotes no son solo formaciones naturales, sino espacios
cargados de historia y de un silencio que invita a detenerse y contemplar.
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