Las cascadas de Roberto Barrios, en la Selva
Lacandona de Chiapas, permanecen en mi memoria como un recuerdo
difuso y poderoso a la vez: un viaje de hace años en el que el asombro y la
inquietud caminaban juntos. El trayecto parecía suspendido en una tensión
silenciosa, interrumpida cuando, a mitad del camino, hombres armados pidieron
dinero al guía, recordándonos que atravesábamos una zona zapatista donde
las reglas eran otras. Aun así, había algo casi surrealista en la escena: un
niño, demasiado joven para cargar responsabilidades tan grandes, empuñaba un
enorme machete y era, según nos dijeron, el encargado de protegernos. Todo eso
contrastaba con la llegada al destino, donde el miedo se diluía frente a la
fuerza y la belleza del agua cayendo entre la vegetación espesa, un espectáculo
natural imponente que hacía sentir que, pese a todo, la selva guardaba un orden
propio, antiguo y majestuoso.
▼
.jpg)
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario