El principal problema es sin duda la falta de espacio. Los animales están totalmente hacinados, demasiadas jaulas, alambradas y barrotes que dan un aspecto anacrónico y que conjugan mucho más con el ideario de los zoológicos de finales del XIX que con la sensibilidad y conciencia ecológica de nuestro tiempo.
Una pasarela de cemento y hormigón recorre el zoológico, lo que permite una visión bastante completa del lugar. Los grandes animales; como rinocerontes, jirafas, hipopótamos o elefantes se encuentran bajo o próximos a esta estructura. Ninguna de estas especies tiene el espacio mínimo requerido, sin lugar a dudas, toda esta parte central recuerda mucho más a una granja de vacas estabuladas que a las praderas abiertas de la sabana africana.
Entre todos estos grandes animales a los que hacíamos mención, la elefanta Susi representa y levanta, más que ningún otro, el sentir y las críticas de no pocos ciudadanos que visitan estas instalaciones. En el tiempo que allí estuve permaneció inmóvil, repitiendo movimientos mecánicos como la autómata que se ha convertido tras los largos años que allí permanece recluida. Susi ha sido objeto de distintas campañas que pretendían su liberación o el traslado a condiciones más favorables, y que finalmente, tuvieron el efecto contrario; pues en lugar de sacarla de este lugar tan triste y ruin, se hizo traer una nueva compañera. El resultado final es que en lugar de solucionar el problema se multiplicó por dos.
Aunque lo intento, sigo sin encontrar motivos, ni razones, para la existencia en estos términos de los zoológicos actuales. Finalmente, por ser justos con este establecimiento, hubo algunos aspectos que me parecieron positivos: Los carteles informativos, como los dedicados al gorila blanco, ya muerto, Copito de Nieve, también la posibilidad de ver en directo como los cuidadores preparaban la comida de algunos de los animales, y sobre todo el proyecto dedicado a la recuperación del Alcaudón chico.